Columnas

26 de enero de 2022

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"Encerrado"

Por Roberto Campos Weiss
Profesor de matemáticas, y autor del libro "El profe R(e)oberto en la (R)evolución Social" (inédito).

Me indigna este encierro en el cual me encuentro, pero más me emputa el encierro cruel y sin escapatoria que sufren las vacas. Por lo menos yo golpeé unos torniquetes y ahora de manera desproporcionada pago un castigo en la Cárcel de Alta Seguridad. En cambio, las vacas son inocentes, ¿qué culpa tienen las vacas? La justicia tiene que ver con la desproporción, en la vida invivible de vacas esclavizadas, violadas e inseminadas a la fuerza por la industria láctea, para que cuando nazca el ternero colguemos de su oreja un número y lo confinemos a una caseta como esta celda. Solidarizo con el ternero recién nacido que arrebatamos de su madre, rompiendo lazos de amor y confianza similar al apego que sentimos con nuestras madres. Ternero al que robamos la leche que le pertenece legítimamente para conectar a la ubre una máquina extractora. ¡Maldito antropocentrismo! Maldita idea de creernos superiores al resto y sentirnos tan especiales que inventamos un dios que nos hizo a su imagen y semejanza, y de pasada creó a los animales para nuestro servicio. 

La esperanza de vida de las vacas es de 20 años, pero nuestra glotonería las envía al matadero de 5 a 18 meses, es decir, sacrificamos niñas y las forzamos a seguir un ciclo de crueldad hasta que ya no sirvan más, luego las mandamos directo al matadero para cercenar sus partes y venderlas en el supermercado. ¡Vidas sin derecho a ser vividas! El patriarcado trasciende las especies y junto al capitalismo forman una alianza criminal, pienso que cada vez que compramos un derivado de la leche giramos una manivela que da cuerda a esta maquinaria infame que viola, explota y asesina en serie a animales inocentes. ¡Qué desalmadamente atroz es imaginar que solo bajo el cuchillo del carnicero que las degüella encuentran la paz! Me estremezco tan solo pensar en la cadena perpetua que condenamos a las vacas por el solo hecho de ser animales, de igual forma, el Poder Judicial encarcela la pobreza por el solo hecho de ser pobres.

El día 29 de octubre de 2019 la PDI me esperó en las afueras de mi casa con una orden de detención por el delito de daño calificado y la Ley de Seguridad de Estado. Me enseñaron un video en donde me reconocí golpeando los torniquetes. No ofrecí resistencia, me mostré colaborativo con la investigación y entregué todas mis pertenencias a la policía, mi celular, mi computador, las zapatillas, entregué todo, puesto que estaba tranquilo de haber golpeado unos torniquetes que ya estaban rotos. Lo que más me indignó fue el actuar de jueza del Centro de “Justicia” de Santiago, Alejandra Apablaza, que a pesar de que yo no contaba con antecedentes penales usó la colaboración en mi contra:

«(...) lo que hace Roberto en definitiva es ponerse al margen de la norma, y tan ponerse al margen de la norma que no le importa entregar las zapatillas, los pantalones ni nada como podría ser cualquier otra persona que cometiera una infracción, para no usar la palabra delincuente que podría sonar muy feo. Otro había huido. ¡Él no, él se siente validado en su acción y esa es una conducta aún más peligrosa».

 

Yo me pregunto: ¿en qué universo un juez considera que ser colaborativo y no obstruir la investigación resulta una conducta peligrosa? ¿Si hubiese arrancado hubiese sido mejor para mí? ¿Qué mensaje entrega el Tribunal diciendo que quienes huyen de la policía durante un arresto son menos peligrosos? Luego prosiguió:

«Yo entiendo que existe evidentemente un peligro para la seguridad de la sociedad (...) que la pena que él arriesga teniendo presente la magnitud del daño que generó no se encuentra en los 3 años y un día, sino que puede empezar perfectamente en los 5 años y un día (...) el Tribunal va a acceder a la solicitud del Ministerio Público y los querellantes, y va a ordenar el ingreso a prisión preventiva del imputado por peligro para seguridad de la sociedad».

 

¿Qué peligro para la seguridad de la sociedad podría generar rompiendo torniquetes rotos? ¿El Tribunal es cómplice de los negros proyectos del Ministerio Público para encarcelar a quienes nos levantamos contra este sistema? Este sólo sería el preludio de una seguidilla de persecuciones políticas que terminarían en miles de detenciones arbitrarias.

La celda en que me encontraba era pequeña, digamos, unos 7 metros cuadrados y cuenta con una colchoneta, wáter, lavamanos y una ducha. Justo arriba de la puerta, en el techo, hay una cámara con un punto de luz rojo que vigilaba todos mis movimientos.


La cárcel es un espacio verdaderamente deprimente, en las paredes de concreto resaltan grafitis y mensajes cristianos esperanzadores. Una superficie de mugre y sebo lo recubre todo, las paredes decoradas con insectos reventados y manchas de pasta dental que, según aprendí, sirve de pegamento. La Cárcel de Alta Seguridad no es cualquier cárcel, tiene una componente simbólica de castigo mayor respecto de las otras cárceles de Chile. Conlleva más horas de encierro, porque solo cuentas con 90 minutos de pasillo a las 8:30 de la mañana y otros 90 minutos de patio a las 13:30. Las 21 horas restantes son de reclusión efectiva, lo que equivale a permanecer el 87.5% del día encerrado en una celda asquerosa a merced de Gendarmería. No solo es asquerosa por la mugre de las paredes, sino por la violencia de las dinámicas machistas que ahí se ejercen: abusos de poder, corrupción, amedrentamiento, hostilidad, homofobia, xenofobia, misoginia, entre otros disvalores. El espacio es superlativamente feo, no hay arte, libros, música, plantas, árboles ni animales. Todo es gris, desértico, con mala ventilación y olor a alcantarilla. El régimen de visitas es estricto, sólo pueden ingresar familiares directos, nunca amigos.

No, gracias a ningún dios estuve en una celda solo. Eso me tranquilizaba bastante, porque nadie me agredió. Al contrario, los presos del pasillo me respetaban por lo que hice. También la mayoría de gendarmes me tenían buena, porque yo estaba astronómicamente lejos de ser un preso común.

La primera semana sentí angustia, porque estuve aislado sin contacto de mi familia, temía ser un caso invisibilizado. Sorpresa fue la mía cuando recibí a mi mamá y a Armando (mi compañero) y me dijeron que había un movimiento de gente protestando afuera de la cárcel por mi libertad. Incluso se organizaron marchas masivas. Fue muy bonito sentir el apoyo de la ciudadanía indignada con la injusticia que sobre mí se cernía .

Exactamente estuve 56 días que parecieron 56 siglos. En ese tiempo tuve 7 audiencias de revisión de medidas cautelares y en la última (realizada el 23 de diciembre) la Corte de Apelaciones de San Miguel me otorgó la libertad, sujeta a 4 medidas cautelares vigentes hasta fecha, a saber, arresto domiciliario nocturno, firma semanal, arraigo nacional y prohibición de usar el metro. Conseguir mi libertad no fue nada fácil, si no fuera por el apoyo de la ciudadanía y sobre todo de las profesoras y profesores yo seguiría tras las rejas. Hubo un terrible evento que influyó en la consecución de mi libertad que aún me estremece recordarlo, se trata de dos zorrillos que aplastaron a Óscar Pérez el día 20 de diciembre. El paco que lo atropelló solo quedó con firma mensual, en cambio yo por golpear unos torniquetes rotos estaba encarcelado. Esa desmesura generó una presión social de tal envergadura que favoreció mi libertad.

Como soy intelectualmente muy curioso me basta lápiz y papel para dar rienda suelta a mi imaginación matemática y aproveché el tiempo para resolver algunos problemas matemáticos que tenía pendientes. Leí muchos libros, entre ellos conocí a Isaac Asimov. También comencé a escribir las primeras páginas de mi libro que habla sobre la revuelta social, la historias de las revueltas sociales en Chile y mi experiencia en la Cárcel de Alta Seguridad.

Cuando comenzó la revuelta social fuimos más de 2000 presos. La mayoría de los presos politicxs están acusades únicamente por testimonios de Carabineros o de PDI. Los tribunales alargan los juicios para castigar anticipadamente, usualmente los montajes de Fiscalía se caen cuando se llega al juicio oral. En mi caso aún no hemos llegado al juicio oral y jamás he dado alguna declaración.

Las opiniones expresadas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente las de CEDA Chile ni las de sus miembros

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