Columnas

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26 de agosto de 2021

"Esos ojos"
 

Por Soledad Robledo
(CEDA Chile, Fundación Justicia Interespecie y Podcast Narices Húmedas)

Siempre los animales rodearon mi infancia en cuentos, programas de televisión y juguetes. Los elefantes, osos y delfines inundaban mi imaginación mágica de niña con colores (más bien en blanco y negro porque así era nuestro televisor), aventuras y música alegre.

Mi visión y relación con los compañeros animales fue cambiando con los años.

Tuve que esperar algún tiempo para conocer a un habitante peludo, de verdad, que llegaría a casa.

Eran los 80 y ya iba a cumplir 15 años. Mi sueño era tener un perro pero no cualquiera, tenía que ser un gran pastor inglés. Me imaginaba su pelo que no dejaría ver sus ojos, y su lengua que me saludaría con miles de besos. Seguramente, me capturó su presencia en algún calendario o serie tipo “Casa en la Pradera”. Mis padres hicieron todo lo que pudieron para comprar a este animal. Finalmente, pudieron contactar a un comediante famoso, de la época, que vendía un cachorro a un precio bastante elevado. Yo estaba feliz cuando Ruperto llegó al departamento que vivíamos en ese entonces. Lo sacábamos a pasear cuando el arrendador venía a cobrar ¡Porque estaba prohibido tener “mascotas”! Prontamente nos mudamos a una casa donde Rupe era el rey: se iba en taxi con mi mamá, le regalaban chocolate en una tienda, y apareció en la portada de un diario. Pero el lado B era que yo como adolescente le hacía solo cariño, y mis padres se tenían que hacer cargo de todo. Era inmadura, obviamente, por lo que no era muy responsable. Hasta el día de hoy me duele y avergüenza como murió: en una veterinaria sin yo estar ahí.

En 2001 a mi ex se le ocurrió hacerle un regalo especial a nuestro niño para navidad. Llegó Renecito a medianoche, un akita, quien tenía sólo unos meses. Los primeros días se quedaba tumbado en el jardín, ni siquiera quería salir a pasear. Extrañaba el corto tiempo que pasó, junto a su hermano, en la casa del padre de mi hijo. Esto cambió después de unas semanas cuando ya se sentía parte de nuestra familia. Así es que empezamos a pasearlo por el barrio. Una vez tuve la idea de sacarle la correa para que corriera libremente por el parque. Al empezar a recorrer el pasto, el gran René vio a otro perro a lo lejos. Inmediatamente, salió disparado hacia él. Yo imaginaba que iba a ir a invitarlo a jugar. Ante mi horror, René empezó a morderlo. Desesperada, los logré separar con la ayuda de la otra persona que estaba paseando con su perro. Ahí entendí que él en cuanto veía a otro perro, lo quería morder. La persona del criadero, donde nació nuestro perro, me dijo que “esa raza era así”. Le creí. Entonces, tuve que salir siempre con él con correa y en varias ocasiones, con bozal. Lo quisimos mucho pero, siempre procurando que ningún otro perro se acercara a él.

Hace unos quince años mi padre murió repentinamente. Estábamos desolados. Una vez que fui a ver a mi mamá y mi hermana noté una bolita de algodón negra que saltaba por el jardín. ¿Era un cachorro o gato? Me acerqué y, ante mi gran sorpresa, vi a un pequeño conejito que se acercaba a mi para que le hiciera cariño. Ahí ellas me contaron que este ser había venido a alegrarnos la vida. Les pregunté cómo había llegado y me respondieron que era de unos vecinos que vivían a una cuadra. ¡Había que devolverlo entonces! Pero ellas dijeron que no lo iban hacer, ya que eran personas descuidadas con el pequeño Roni. Empezamos a hablar como lo iban a cuidar ya que no sabíamos absolutamente nada de conejos. Pensamos que no era una buena idea tenerlo en una jaula. Mejor que él viviese libre en nuestro jardín. Creo que ni hablamos de cercar la reja para que no se fuera, ni menos del peligro que podría correr con predadores como los gatos. Realmente fuimos irresponsables, pero pensábamos que estábamos haciendo lo correcto. Ronito salía y venía a nuestra casa por varios días hasta que sucedió lo inevitable: lo atropellaron. Llegó moribundo a la casa de mi madre.

En 2011 mi vida con los animales empezó a cambiar ya que los empecé a ver de una forma diferente. En ese entonces mi hermana decidió rescatar a un perro a quien solía ver en situaciones bastantes peligrosas, como por ejemplo, jugando en medio de una rotonda, llena de autos, de nuestro barrio. Así, llegó Ruso a nuestra familia; estaba muy delgado.

La venda que tenía antes mis ojos empezó a soltarse un poco: todos los animales urbanos que veía en la calle eran seres que habían sido olvidados por nosotros, los humanos. Yo nunca había mirado a los perros mestizos realmente. Eran sólo “parte” del paisaje de la ciudad. Increíble, mirando hacia atrás, como yo no había sido capaz de percibir esa realidad hasta ese entonces. ¡No había tiempo que perder! Rescatamos, después, a una pequeña perrita en una plaza. Mi hijastro cuidadosamente la recogió y la puso en mi falda. Ela, así se llama, se hizo una bolita y se durmió mientras la llevamos a casa. Unos meses después, merodeaba en la calle una perra preñada: Doris. Decidimos que debía vivir con nosotros. Un par de años pasaron para que llegara la última integrante de esta familia: Estela. Teníamos espacio de sobra ya que nos habíamos mudado al campo, pero la verdad, que el espacio ya lo teníamos en nuestros corazones.

Hoy todos vivimos juntos, queriéndonos, en esta casa que hemos construido entre humanos y perros.

Mi percepción y respeto hacia los animales evolucionó, definitivamente, cuando me hice vegana hace cuatro años.

Entiendo ahora que los animales que viven con nosotros son seres que, si bien los debemos cuidar ya que en la calle no pueden sobrevivir, tienen su individualidad. Ellos tienen su personalidad propia y les gusta hacer cosas diferentes.

Los animales, sea un gato, vaca o cóndor, no están en esta tierra para servir un propósito inventado por los seres humanos. Ellos deben vivir sus vidas tranquilamente. No son ni juguetes, ni guardianes ni comida.

Los animales traen felicidad a las personas que los quieren. Sin embargo, defendemos a los animales no porque nos den alegría, sino porque son seres que son violentados y asesinados por nuestra especie humana. Esa horrible realidad la intento cambiar, día a día, respetando a mi familia no humana, y siendo activista. Me entristece enormemente la forma como la humanidad destruye a los animales; como los ha convertido en “cosas” que se pueden tirar contra la pared. Pero no me quedo en ese lugar oscuro; salgo a abrazar a Ruso, Doris, Ela y Estela. Veo sus ojos. Esos ojos representan a todos los animales no humanos, quienes en su mayoría, sufren lo indecible.

Sé que soy solo un ser humano, con imperfecciones. Pero haciendo activismo, pequeñas acciones diarias, mi rabia e impotencia se transforman en esperanza; ya que, creando, haciendo, organizando, junto a otras personas que piensan de forma similar, estamos construyendo la libertad y la vida plena que debe tener cada animal en el planeta Tierra.